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Las seis canciones de Cri-Cri que en realidad no son para niños paseata

Fecha: 08-10-2017

Ahora no escucharás estas rolas de la misma forma


ara celebrar el cumpleaños 110 del gran Francisco Gabilondo Soler, a.k.a. Cri-Cri, sacamos todos los traumas de los miembros de esta redacción para buscar cuáles son sus canciones más raras y que, probablemente, no fueron escritas pensando en los niños.


Ahora no escucharás estas rolas de la misma forma


ara celebrar el cumpleaños 110 del gran Francisco Gabilondo Soler, a.k.a. Cri-Cri, sacamos todos los traumas de los miembros de esta redacción para buscar cuáles son sus canciones más raras y que, probablemente, no fueron escritas pensando en los niños.


1. «El ropavejero»



¿A quién no lo amenazaron con regalarlo al ropavejero si no se portaba bien? Bueno, pues esta canción era la mejor advertencia suavizada para que dejáramos de hacer berrinche. ¿Quién no se iba a calmar cuando comenzaba a escuchar «¡Chamacos malcriados!/¡Miedosos que vendan!/¡Y niños que acostumbren/dar chillidos o gritar!/¡Cambio, vendo y compro por igual!»? Si a todo esto le agregamos que el ropavejero es un tlacuache o un señor llamado Tlacuache, pues la cosa se comienza a poner más turbia. Nadie que se llame Tlacuache puede ser la mejor persona del mundo.


 


2. «Negrito sandía»



Y el premio para la Canción Políticamente Incorrecta del Año es para… Ese Cri-Cri era un loquillo, sin duda. Se trata de un pequeño niño que, además de las constates referencias algo peyorativas a su aspecto físico, es golpeado por su tía porque le encanta decir groserías. En general, no hay mucho que decir al respecto, nada más con escucharla se puede tomar una postura.


 


3. «Baile de los muñecos»



Tranquilo ahí, Toy Story. Don Francisco Gabilondo Soler se anticipó a Pixar y nos contó, desde 1956, la historia de unos juguetitos que cobraban vida mientras nadie los veía…¡Momento! ¿Cobraban vida? ¿Mis juguetes? Eso ya no suena tan chido si tenemos en cuenta que, según la canción, «Al sonar las 3:00 de la mañana/ los muñecos se paran a bailar». ¿Por qué a las 3 de la mañana, a la Hora del Diablo? Al parecer todos muñecos participan en una suerte de ritual pagano que dura hasta que amanece. Ya queremos imaginarnos a los niños despertando a cada rato durante la madrugada para asegurarse de que sus juguetes no intenten atacarlos.


 


4. «Métete, Teté»



Resulta que la niña Esther, quien «aún no tiene 14», comenzó a interesarse en el amor —bueno, eso dice la canción, pero la verdad es que se refiere a su despertar sexual—. Según Cri-Cri, «ella quiere un príncipe azul», por lo que la voz narradora, que podemos intuir es alguno de los padres, le pregunta «qué harán tus muñequitas ya sin ti», recordándonos nuestros madre y padre no quieren que jamás crezcamos. Esta rola parece estar hecha para que los padres sobrelleven el crecimiento de sus peques.


 


5. «La muñeca fea»



Por consenso general y sin lugar a dudas, esta canción causó más de un trauma. No sólo por lo tétricas que suenan las notas, las cuales cubren con un tono oscuro todo el ambiente. Ahora pasemos a la muñeca, tan sólo hace falta imaginarla «Un brazito ya se le rompió./Su carita está llena de hollín/Y al sentirse olvidada lloró/lagrimitas de aserrín». ¿Creepy, no? Si a esto le sumamos que un ratón se acerca a decirle que «Tus amigos no son los del mundo/porque te olvidaron/en este rincón». Ok, ¿sus amigos no son los del mundo?, entonces ¿de dónde sí son ellos? Pues son, «la escoba y el recogedor/el plumero y el sacudidor/la araña y el viejo velís». No sabemos cuál sea esa muñeca o dónde viva, pero de algo sí estamos seguros, no la queremos conocer.


 


6. «La patita»



¡Ah, qué bella canción! A quién no le encanta cantar la patita, parece ser una pieza muy linda acerca de una simpática pata que va al mercado. ¡Pero no! A la mitad de la canción todo da un giro drástico, pues, si pones atención, te darás cuenta de que en realidad no logra comprar nada porque todo está muy caro —¡y cuándo no!— y nomás le queda regatear sin éxito. Y la cosa se pone más mal, casi al grado de que se nos sale la lagrimita, pues «sus patitos van creciendo y no tienen zapatitos» y lo peor de todo es que su esposo, un pato flojo, no hace nada por ayudarlos. ¡Pobres de la patita y sus patitos, sólo pueden comer mosquitos!


 



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